Trabajo desde 2008 y nunca me había pasado.
En los últimos dos meses he vivido algo nuevo en mi trayectoria profesional: una triste oleada de silencios. Correos que se envían, que se leen (o eso quiero pensar) y que nunca obtienen respuesta.
No escribo esto desde el enfado (aunque h ellegado a estar enfadada por ello, no voy a mentir). Lo escribo porque creo que la forma en la que nos comunicamos también dice mucho de cómo trabajamos. Y porque me interesa saber si es una sensación mía o algo que está cambiando.
No hablo de propuestas comerciales
Conviene aclararlo desde el principio. No me refiero a correos comerciales en frío, de esos que llegan sin que nadie los pida. Por suerte, y hasta la fecha, nunca he tenido que hacerlos. Y entiendo perfectamente que ese tipo de mensajes no siempre se contesten.
Hablo de otra cosa: de conversaciones que ya estaban en marcha, con personas que conocían mi trabajo y con las que había un compromiso previo, aunque fuera solo el de seguir hablando.
Los correos que se quedaron sin respuesta
Hablo de correos en los que retomo conversaciones telefónicas de antes del verano, tal y como habíamos acordado, y propongo una reunión.
Hablo de correos en los que respondo a presupuestos que me han solicitado. Con una alternativa adicional, incluso, para que el cliente pudiera elegir.
Y hablo, sobre todo, de un correo en el que pregunto, sin más, si cuento o no en un proyecto.
No daré nombres, por respeto. Pero sí diré que se trataba de una empresa muy grande y de un proyecto con el que, en un principio, se suponía que debía contar. Una colaboración prevista para seis meses. Seis meses para los que yo tenía las horas reservadas.
La respuesta en todos los casos fue la misma: silencio.
Ni un “no nos interesa”. Ni un “ahora no es el momento”. Ni un “hemos elegido otra opción”.
Lo que cuesta un silencio
Cuando trabajas por tu cuenta, tu tiempo es tu principal recurso. Reservar horas para un proyecto significa organizar la agenda a su alrededor, planificar el resto de encargos en función de él y, a veces, decir que no a otras oportunidades.
Un silencio, en cambio, no libera nada. Deja la agenda en suspenso, obliga a hacer seguimientos que nadie quiere hacer y genera una duda constante: ¿sigo esperando o paso página?
En el caso del proyecto de seis meses, el silencio no fue solo una falta de cortesía. Fue tiempo bloqueado que podría haber dedicado a otros clientes.
Un “no” se escribe en diez segundos
Y es aquí donde me cuesta entenderlo. Un “no” se escribe en diez segundos. Ya ni siquiera pido un “no, gracias”, aunque mis padres así me lo enseñaron.
Esos diez segundos, a quien los recibe, le ahorran semanas de dudas, de seguimientos incómodos y de agenda reservada para algo que no va a llegar. Pocas cosas tienen tan buena relación entre esfuerzo y respeto.
Un “no” no cierra puertas. Las deja bien cerradas, que es muy distinto. Y permite volver a abrirlas en el futuro sin incomodidad por ninguna de las dos partes.
¿Mala educación o nueva normalidad?
Quiero ser justa. Las bandejas de entrada están saturadas, las decisiones en las empresas grandes pasan por muchas manos y, a veces, nadie se siente responsable de comunicar un cambio de planes. También sé que decir que no resulta incómodo para mucha gente.
Pero nada de eso explica del todo lo que he vivido estos meses. Por eso me hago la pregunta en voz alta: ¿estamos ante un aumento de la mala educación? ¿O es que hemos normalizado el ghosting también en lo profesional?
Si es lo segundo, creo que deberíamos hablarlo. Porque la confianza entre profesionales se construye también en los mensajes que no traen buenas noticias.
Cómo lo hago yo
No pretendo dar lecciones, pero sí contar cómo entiendo yo la profesionalidad, porque es lo que ofrezco a cada cliente:
- Respondo siempre. Aunque sea para decir que no, que ahora no puedo o que necesito unos días más.
- Si un proyecto cambia o se cancela por mi parte, lo comunico en cuanto lo sé.
- Cuando reservo horas para alguien, las protejo. Y espero lo mismo cuando la decisión es de la otra parte.
Así que cierro con una pregunta abierta: ¿os está pasando lo mismo? Me interesa de verdad saberlo. Y, ya puestos, si alguien que no contesta quiere explicar por qué, también le leo.

